Mis derechos

JUN, 16, 2019 | 00:15 - Por CESAR ULLOA TAPIA

César Ulloa Tapia

En democracia, los derechos de las personas son, ineludiblemente, iguales. Nadie está por encima del otro. Esto también significa que son indivisibles, es decir que nadie los ejerce por partes y, peor aún, bajo su conveniencia. Lo maravilloso de vivir en democracia es que, por ejemplo, el voto de todas las personas tiene el mismo valor, indistintamente de un conjunto de variables, aunque lo deseable sería que la brecha entre ricos y pobres desaparezca, y que nuestros gobernantes ya no tengan que recurrir a medidas de reivindicación positiva para ningún segmento, porque la pobreza pasó a convertirse en una anécdota.

En ese mismo orden de ideas, los derechos son irrenunciables, porque atraviesan la misma humanidad y garantizan la covivencia entre pares. Por esa razón, los gobiernos democráticos tienen la misión de que exista una progresión y promoción permanente de los derechos, puesto que así se configura una sociedad más justa, no solo de discurso para afuera sino más bien consistente con el ideario de vida de las personas. Los derechos no son un regalo, porque con ellos se hace efectiva la búsqueda de igualdad y de cerrar el paso a las distintas fobias, extremismos y las consecuencias desastrosas de los fanatismos.

Nunca podrían ser los derechos transferibles. Aquí no cabe la lógica de la transacción ni las más rudimentarias prácticas de trueque. Cada quien tiene los suyos, pero con la conciencia plena de que el final de los míos, inician los del otro. Las sociedades que más avanzan hacia la equidad son aquellas, en las cuales los derechos son garantizados por el Estado y exigidos todo el tiempo por la población, pero también en estas se han ido superando prejuicios, cerrando brechas y alimentando con más demoracia a la democracia.

De nada sirve un catálogo de derechos, si la norma es letra muerta o cada cual la cumple de manera discrecional. Tampoco nos sirve de mucho si los derechos no están en diáolgo y consonancia permanente con nuestros deberes, pues la ciudadanía es la amalgama de estos dos componentes. Tampoco nos sirve de mucho, si la población no se empodera de su defensa, promoción y vivencia. 


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