¿Callar y bajar la cabeza?

ENE, 17, 2019 | - Por Jorge Madera Castillo

POR: Jorge E. Madera Castillo

Uno camina por las veredas de la ciudad y se observa cosas extrañas, varias de las cuales anteriormente habrán sucedido, pero no en la dimensión actual: alguien ha rayado paredes con graffitis, pinturas (“arte” dicen), insultos, sandeces; propagandas políticas que nunca retiraron; los basureros han sido destruidos o simplemente los han robado; las aceras y plazoletas están sucias con basura o heces de perro, con presencia de gente rara y dudoso comportamiento; los dueños de casa o de los negocios han sacado la basura o el agua sucia de baldeo, desde sus casas hasta la calle, al contrario de lo que antes sucedía; contenedores de basura putrefactos y malsanos están abiertos, copados, y la basura ha sido desparramada por los minadores; los rateros sin corbata acechan; los mendigos y desamparados piden caridad; personas extrañas hacen malabares en los semáforos aspirando una propina, y otros abusivos se lanzan a lavar el parabrisas sin autorización, y son agresivos; vendedores informales han invadido las aceras y plazoletas en búsqueda de un real para llevar a su hogar; por la noche, calles y plazoletas oscuras, lugares propicios para el asalto porque el alumbrado público no funciona. Es una descripción real de lo que sucede en cualquiera de nuestras ciudades.

Este problema claramente se origina desde dos importantes vertientes: una es el comportamiento y la cultura ciudadana que solamente se limita a utilizar o mal utilizar el espacio y los bienes públicos, sin que exista una contribución y un dolerse de este gran hogar llamado “ciudad”; y otra, claramente es la deficiencia del servicio público en las materias de seguridad, ordenamiento, limpieza, promoción del orden, mantenimiento, priorización de la obra pública y otros aspectos que le corresponde a la institucionalidad pública que es financiada con nuestros impuestos y tasas, deficiencias que originan el sufrimiento cotidiano a menudo silencioso de una población que se ha acostumbrado y vive amortiguada pensando que es lo normal.

Lo bueno es que sí existimos muchos ciudadanos que sentimos este problema y promovemos para que la situación cambie. Lo malo es que existen entidades públicas que se sostienen en que todo está bien y poco hacen para educar a la ciudadanía desde edades tempranas. Lo feo es que hay personitas interesadas que defienden el status quo, y que piensan que cualquier acto de opinión pública es una afrenta política contra la autoridad.

Y lo atentatorio es que se piense que los ciudadanos debemos callar y bajar la cabeza, y que no se entienda que la democracia es un sistema de libertades, pesos y contrapesos. Por eso estamos como estamos. No olvidemos que el servidor público es eso: un “servidor” pagado con nuestros impuestos que está obligado a realizar bien su trabajo, a no hacer lo que le da su regalada gana porque no es el dueño de una ciudad, y también que mientras ejerce está sujeto del escrutinio público.

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