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ENTREVISTA: Santiago Rosero: un amasador de historias

ENE, 12, 2019 |

Cronista. Vivió en París entre 2010 y 2017. Ahora reside nuevamente en Quito.

DAMIÁN DE LA TORRE AYORA

El ‘Zucko’ no tiene un pelo rubio: es trigueño, alto y delgado. Tiene  quijada firme y lleva lentes que no esconden su mirada etnográfica -esa que no encierra solo el alma, sino que engloba varias culturas-. Habla como escribe, de forma ordenada mientras los datos históricos se fusionan con lo cotidiano. 

Un día el ‘Zucko’ se fue a París. Y medio en broma y medio enserio, dice que allí de nuevo fue Santiago Rosero, por lo menos para los demás; porque el ‘Zucko’ y Santiago Rosero son esa unidad donde habita el lector incansable, el periodista que no deja de asombrarse, el editor exigente, el autoeditor aún más obsesivo, el chef que se rinde ante el pan, el amante de la música que fue parte de La Rocola Bacalao, el DJ ocasional, el fotógrafo contenido… el autor de ‘El fotógrafo de las tinieblas’, título de su crónica finalista del Premio García Márquez 2018, título de su libro que se llevó el Premio José Peralta del Municipio de Quito.

En su departamento, en Bellavista, donde puede admirar desde amplios ventanales al Pichincha, Santiago sirve unas tazas con agua de manzanilla y unos croissants que se derriten en el paladar antes de meterlos en la boca. Viste de forma ecléctica (tal como lo describió alguna vez el periodista Fausto Rivera), tan ecléctica como la música que suena desde la emisora FIP: un recorrido de canciones que alternan entre el sonido endemoniado de Benny Goodman, la voz implacable de Amy Winehouse y la nostalgia de Julio Jaramillo. “Me encanta la diversidad de esa radio. Además, me permite seguir atado a Francia. También escucho Le Mellotron”, explica, pero aclara que cuando trabaja predomina el silencio. “Estaba limpiando la casa. Con cualquier actividad puedo escuchar música, menos cuando escribo”.

Santiago estuvo en el ‘infierno’. A los 21 años vivió ‘al calor de las brasas’. Vivía en Nueva York y era subchef en un restaurante donde un sótano era la cocina. “En el invierno no veía la luz. Era oscuro cuando entraba a trabajar y a la salida me encontraba con la noche. Le daba la espalda al Sol y me recibía la Luna. Tenía a cargo muchas cosas, en un espacio donde adelante tenía las hornillas, atrás una parrilla, a un lado una freidora y al otro una plancha. ¡Me cocinaba! Dejé la gastronomía porque era muy sacrificado”.
 

- ¿Mucho más que el periodismo?
-Todo implica un sacrificio. En este caso, hablo de lo físico. Es un esfuerzo brutal, en condiciones extremas. No te quedaba otra que salir y beber la mayor cantidad de cerveza posible. Salía con unos metaleros mexicanos y nos emborrachábamos casi todos los días… Obviamente, el periodismo tiene sus sacrificios, pero la libertad del ‘freelancer’ es grande: recompensas el sacrificio con libertad.
 

- ¿Y cómo fue el paso de gastrónomo a periodista?
-Cuando cumplí años en Nueva York. Ese día me propuse ir a cenar algo rico y mirar una película. Fui al cine y vi ‘Almost Famous’ (‘Casi Famosos’) y me dije: esto quiero hacer de mi vida. Me quedé impactado con ese joven periodista de la Rolling Stone que quería escribir la música desde adentro.

Charla. Tan diáfano como su escritura, compartió su mirada periodística.

En su vuelta a Ecuador, aprovechó que sus estudios de Gastronomía en la Universidad San Francisco de Quito le permitían ganar créditos en las materias correspondientes a los estudios generales. Mientras seguía en la carrera de Periodismo, empezó a colaborar en La Hora como columnista, tras la invitación de Alejandro Querejeta Barceló, su profesor y subdirector del periódico. Al poco tiempo, Santiago se jugó por su deseo, y sus trabajos de mayor aliento arrancaron en la mismísima Rolling Stone.
 

- ¿En pocos años hiciste realidad tu sueño?
-Sí, me lo propuse así, claro que nunca imaginé que en tan poco tiempo se iba a dar.
 

-Cuando uno arranca en el periodismo, se propone algún día escribir en un medio como la Rolling Stone. Tú empezaste en la cúspide. 
-Fue una inmensa fortuna. Lo utilicé como una escuela. Aprendí a ser exigido. A mí siempre me gustó escribir temas largos. Sabía que empecé con una ventaja y eso solo me motivó a ser mucho más responsable. Fueron buenos años. Me quedé hasta 2009, tiempo en que estuvo la revista en Ecuador. Después tuve la suerte de publicar en otros sitios como Diners o SoHo, y pude colaborar en la revista Travesías, que fue la que me llevó a Gatopardo, que para mí fue cumplir el sueño de pibe.

En sus brazos Santiago lleva algunos tatuajes. Está un muñeco quitapesares de la cultura Chiapas, un cuchillo, un cacao y una nuez con pinta de tocte, en los cuales las texturas son determinantes.
 

- ¿Qué significan esos tatuajes?
-Me gusta la fisonomía de las frutas y los vegetales. Si haces cortes transversales, ves una galaxia entera. Prueba con una pitahaya o con el romanesco. El cuchillo, que es fundamental en la cocina, me permite hacer esos cortes que me acercan a universos de colores y formas. El muñeco quitapesares llegó en un momento donde necesitaba ficción en mi vida.  


- ¿Por qué te dicen ‘Zucko’?
- ‘Zucko’ es un apodo con mucho cariño. En Ecuador, más que Santiago, siempre fui el ‘Zucko’ desde el colegio (San Gabriel). Me rayaba el saco, me ponía camisetas sin cuello y tenía pantalones anchos. Me gustaba mucho el rap, sobre todo en inglés. Entonces, los panas me empezaron a decir ‘el gringo’, y eso derivo en el ‘Zucko’.

El sobrenombre es escrito así por Santiago, pues también apostó en el juego del apodo con la misma ironía de sus amigos. “Ya que era el ‘Zucko’, debía hacerlo de la forma más lamparosa, tenía que escribirlo lo más tuneado posible”. 

La periodista Leila Guerriero es la editora de Gatopardo. Ella suele revisar los textos que envía Santiago. Guerriero, uno de los referentes del periodismo narrativo, dice que escribir es como amasar el pan: “Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña”.
 

-En tu caso, ¿no cabe duda de que escribir es como amasar pan?
-Me gusta escribir textos largos. La crónica es un formato al que hay que darle tiempo y dedicación, ir y volver. Hay que darle un tratamiento de reposo y retomarlo. El amasar es comprender en su amplia extensión. No es un formato de rapidez: implica mucha paciencia. Si algo he aprendido, es que uno debe autoeditarse constantemente: se debe ser exigente con uno mismo. 
 

- ¿Eres obsesivo en la hora de autoeditarte?
-La verdad, sí. Mientras más escribes, más afinado eres en tus textos, pero eso no implica que siempre esté cambiando una coma o quitando un adjetivo. Con el tiempo, el trabajo de edición, que es fundamental, es menor. Recuerdo el primer texto que le envié a Leila (‘John Galliano: Una estrella distante’), en el que tuvimos que editar muchísimo en comparación con el de ‘El fotógrafo de las tinieblas’, que tuvo menos cambios.

Publicación. ‘El fotógrafo de las tinieblas’, obra con la que ganó el Premio José Peralta 2018.

- ¿Se puede decir que eres el cronista que apela más a la documentación que a la imagen literaria? 
-No lo sé. Quizás, en este momento, es el registro que más se nota. He intentado escribir con una estructura más diáfana y sencilla. Tuve mi momento en las Ciencias Sociales y se me pegó una escritura muy sobrecargada. Una época donde me rechazaron varios textos, porque estaban muy sofisticados y daba vueltas innecesarias. A partir de esa experiencia, me preocupé por una escritura más clara y fluida. Pero en mí también está la búsqueda estética, lo relacionado con la literatura. Estoy convencido de que la crónica es un formato que usa el rigor del periodismo y las herramientas de la literatura. 
 

-Es que lo histórico parecería ser el sistema operativo de tu trabajo…
-Tengo una gran preocupación por lo etnográfico. Me interesa mucho acoplar los datos históricos con los datos de campo, con lo que va apareciendo. Mientras realizaba mi tesis de maestría (Comunicación en la Flacso), siento que lo más valioso fue la recomendación que surgió. Hablo de una matriz con cuatro elementos. Primero, está la Historia, la historicidad del hecho; después la política, me interesan las relaciones de poder de cada situación; la economía, es decir, los números que se manejan en torno al tema que trabajas; y la propia cultura, que te da las representaciones de lectura. La noticia, sea cual fuere, debe estar atravesada por esta matriz. Así trabajo mis crónicas, que son el resultado de un lector y explorador que va descubriendo durante el abordaje de un tema.


-Hay trabajos por encargo y están los que propones. ¿Cuáles son los temas de tu interés?
-París me inspiraba. En mi calle había una multiculturalidad rica, muchos idiomas, gente con apariencias distintas, comidas de varias partes del mundo. Mi primer desafío fue mi calle. Hice fotos y videos y nada cuajaba para contarla, hasta que decidí escribir sobre lo que había entre un extremo de mi calle y el otro (así aparece la crónica ‘Strasbourg Saint-Denis: El mundo en mi barrio’). París me  invita a caminar y encontrarme con un lugar destinado a vender toda una parafernalia de Elvis o hallar al último señor que arreglaba paraguas. Muchos temas los descubrí en exposiciones, pues al contar con el carné de periodista podía entrar a los museos sin hacer filas, lo cual es beneficioso en el invierno (risas). Me interesan esas historias donde se toca lo que pasa desapercibido. Hablar de grandes personajes, pero desde otros ángulos. Pensar no solo en el escritor Camus (Albert), sino en el arquero que quiso ser (‘El arquero’); o abordar a Kurt Cobain (‘El último disparo en París), pero desde el fotógrafo que le sacó las últimas imágenes antes de su muerte, a quien encontré en París y habla español. París te llena de temas. Te lo voy a poner así: si un día se te ocurre hacer un artículo de masajistas especializados en los dedos gordos de los pies, seguro encuentras una asociación o alguien que haya escrito sobre el tema en París.

Santiago Rosero estuvo en París entre 2010 y 2017. Partió en busca de una maestría en fotografía, pero siguió con el periodismo narrativo mientras era chef ‘freelancer’. Pensaba escribir sobre ecuatorianos en París, pero solo terminaría escribiendo sobre Patricio Sarmiento, el personaje de ‘El muchacho de las camisas encendidas’. “Esta es una crónica inédita. Con ella aprendí eso que te dice Leila de mantener la distancia. Patricio se abrió totalmente, forjé aún más la amistad con él. Cuando tenía el texto listo, se lo enseñé. No le gustó y me pidió que no lo publicara. Entendí eso de la distancia al escribir -repite-. Ahí se me fue la idea de escribir sobre ecuatorianos en París, pese a que hay muchas personalidades como Jaime Zapata”.

Claro que no solo las figuras reconocidas le importaron. Por su impulso en la fotografía, se propuso contar la vida del obrero ecuatoriano. Se relacionó con uno, quien dejó España por falta de trabajo y buscó nueva suerte en Francia, donde podía continuar con su oficio. Esta relación le llevó a conocer a la comunidad ecuatoriana, con la que convivió apretadamente por unos años, y de la cual guarda un material aún más inédito.

Se concentró entonces en realizar una cartografía humana a la francesa, en la cual aparecen memorables personajes como el panadero Christophe Vasseur, quien le llevó a escribir el perfil ‘Un panadero de alta costura’ (finalista del Premio Gabriel García Márquez 2016); o Evgen Bavcar, ‘El fotógrafo de las tinieblas’, como se titula su compilación de quince textos publicada en coedición por el Centro de Publicaciones de la Universidad Católica del Ecuador y La Caída Editorial.

En el prólogo de ese libro, la escritora Gabriela Alemán expresa: “Santiago Rosero conoce el peso sobre sus hombros y sabe que para escribir desde y sobre París la única apuesta posible es la mirada propia”.
 

-Pesa escribir sobre París, pero parecería que te pesa mucho más escribir sobre Quito…
-Ahora me es más complicado escribir sobre Quito, porque aún no me siento conectado. Antes estaba muy metido, me sentía parte de la dinámica quiteña, sea como periodista o como integrante de La Rocola Bacalao, uno de los episodios más memorables de mi vida. Hablar de Quito, insisto, me resulta complicado: aún siento más a París, Francia, ese lugar donde nació mi hijo y que me permitió crecer como cronista. Eso sí, siento que este año se dará mi reconciliación con Ecuador. Tengo varios proyectos y estoy muy entusiasmado con un tema.
 

- ¿Cuál?
- Posorja. Si bien es de lo más sombrío, siento que ahí hay mucho que contar. Veamos.

Y quiere avanzar con otros proyectos, como ‘Comida de Casa’, con el que busca realizar 24 documentales (uno por provincia), donde se resalte un plato típico desde un hogar: los secretos de cocina puertas adentro.

Santiago habla de cómo lo marcó escribir su crónica ‘Freegan Pony: Comer de la basura’. Pone más énfasis cuando pronuncia las lapidarias cifras que arrojan ese texto: “se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida al año”, “solo la cuarta parte de esos desperdicios alimentaría a la población que pasa hambre en el mundo”, “desperdiciar un filete de carne equivale a circular cinco kilómetros en un auto”. Por eso, junto con Estefanía Gómez, propone el proyecto ‘Idónea: Rescate de Alimentos’. “Tomé mucha conciencia. Queremos, de alguna manera, replicar lo del Freegan Pony, pero desde otra visión: buscamos ocupar restaurantes y espacios menos convencionales para hacer acciones de irrupción y brindar comida. Queremos lograr, por lo menos una vez al mes, un día festivo y solidario con lo que desperdiciamos: no botar la comida y compartirla con quienes la necesitan”.

FRASE

“La crónica es un formato que usa el rigor del periodismo y las herramientas de la literatura”.“La libertad del ‘freelancer’ es grande: recompensas el sacrificio con libertad”.

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