Renovar la educación

MAY, 25, 2019 | 00:05 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

Por tercera semana consecutiva toco en esta columna el tema de la educación, insisto en un aspecto de su renovación, el cual, aunque parezca paradójico, estriba en el rescate de aspectos constitutivos de nuestra tradición nacional. Ahora cito a un respetable educador, Fausto Segovia, quien el ‘El Telégrafo’ opinaba hace algunos días: “Hoy, algunos medios han colocado en el mismo “saco” a los objetos de consumo masivo junto a los valores humanos, otrora referentes máximos de nuestra cultura. 

El resultado de esta “ola” de permisividad ha sido la amoralidad secularizadora que quita referentes y ahoga el grito de unos pocos que predicamos en el desierto”. Coincido de manera total, se me adelantó en el diagnóstico. En el sistema educativo nacional se han perdido de manera inexplicable los valores humanos, referentes axiales de nuestra cultura, por eso ahora, más que nunca, “todo vale”. 

No somos tan torpes como para no reconocer que siempre ha habido pillos y vivarachos (Cambalache sigue siendo la canción simbólica de una forma de ser), pero en la actualidad esos especímenes humanos se han convertido en modelos a seguir, en el anhelado objeto de imitación. 
La plaga que enferma a nuestra sociedad contemporánea es el relativismo permisivo, el desconocer la existencia del bien y del mal independientes de nuestros deseos y sentimientos, la sistemática negación a aceptar una normatividad superior al individuo. Segovia alude a la relación entre amoralidad, no confundir con inmoralidad, y secularismo, en otras palabras a la causalidad de la negación de Dios en el auge de la ausencia de frenos morales. 

El mismo Rocafuerte, gobernante no católico, aunque  después murió en el seno de la Iglesia, dispuso que se enseñara religión no solo en escuelas y colegios sino en los cuarteles, como medio para frenar el desorden, fuente de males sin cuento, entre ellos la falta de progreso material. Al no tratarse de personas excepcionales siempre será provechoso que la educación recuerde a Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. 

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