El Ministerio fallido

MAY, 24, 2019 | 00:10 - Por Diego Cazar Baquero

Diego Cazar Baquero

El runrún de pasillos anunció que a Raúl Pérez Torres se le acabaron los días en el Ministerio de Cultura y Patrimonio.

Dos años después de que el escritor y tres veces presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana asumiera como undécimo ministro de Cultura en 10 años, no queda mucho por celebrar. Al asumir el cargo, Pérez dijo que la entidad sería “un puente entre el gestor cultural y el oficialismo”. Pero eso no se cumplió. El Ministerio que ha presidido ha sido una isla lejana de la realidad nacional y con poca capacidad de maniobra y negociación, y lejana también ha sido de la gestión cultural y de sus protagonistas verdaderos. En 2017, Pérez asumió el compromiso de garantizar la seguridad social para actores y gestores culturales, pero hasta el 2018, apenas 47 trabajadores culturales constaban como afiliados al sistema. 

Dos años después, el ente rector del sector cultural continúa sin gestionar políticas públicas y sin administrar ideas alrededor de la vida del trabajador de la cultura. No ha existido jamás un trabajo coordinado entre el Ministerio de Cultura y otros sectores del Estado. Además de los 16.000 empleos formales que se generan en los sectores audiovisual, musical, de artes escénicas y editorial en el país, no conocemos cómo se vinculan al motor económico de la cultura otras actividades estrechamente relacionadas. 

El Museo Nacional del Ecuador –única perla, quizás, de sus doce años de vida– es el resultado del trabajo a pulso de un equipo técnico que ha logrado sobrevivir a los ministros de turno. La isla dentro de la isla. Por lo demás, quedan unas cuantas fotos de mesa directiva, las vergüenzas de que la visión de la literatura ecuatoriana de un ministro de Estado no haya alcanzado a cruzar la barrera de los setentas ni haya superado la tara machista.

Un Ministerio de Cultura no se hace sin la participación de las redes de gestores culturales en todo el territorio. Más que un ministro, hace falta una visión contemporánea y generosa, desprovista de vanidosos, de discursos nostálgicos y de símbolos caducos que solo vacían la vida social. 


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