Violencias

AGO, 25, 2019 | 00:05 - Por Óscar Molina V.

Óscar Molina V.

E. había salido a tomar unas cervezas. A la medianoche pidió un taxi, se bajó cerca de su casa y, un rato después, perdió el conocimiento. A la mañana siguiente, E. —de 35 años, licenciado en Turismo— se despertó con una herida en la cabeza y un ardor al costado del cuerpo: le habían tatuado, con un alambre hirviente, la palabra GAY. Así, en mayúsculas. Así, para que no se le olvide. 

Este ataque, ocurrido en Salinas a mediados de julio, evidencia una vez más la trama de agresiones a las que aún sigue sometida la comunidad Lgbtiq+ en Ecuador. Y se parece, en varios aspectos, a otro de los casos recogidos en el libro ‘Violencia contra mujeres lesbianas y hombres gays en la Ciudad de Quito, 2008-2015’, del investigador y activista venezolano Rafael Garrido Álvarez. 

En el texto, lanzado en junio, se cuenta el abuso y la discriminación que Carlos Jarrín sufrió primero en una discoteca de Quito y, después, en la Defensoría del Pueblo. Era enero de 2015 y Carlos y su acompañante fueron desalojados de Attic Bar por haberse besado. Jarrín, indignado, decidió poner una denuncia. En la Defensoría, un abogado le preguntó: “¿Y cómo sé que usted es gay?(...)Verá que si esto no es cierto, usted puede ser susceptible de un juicio”. 

Nuestra palabra, nuestros derechos y nuestra existencia han sido y siguen siendo puestas en duda. Por la sociedad. Por sus prejuicios. Por las leyes y las instituciones. Antes del ataque violento, E. había ido a la Fiscalía de Santa Elena  a poner una denuncia por intimidación pero, a pesar de haber presentado capturas de pantalla y audios de sus agresores, no se lo permitieron porque vestía pantaloneta y porque su prima ya había hecho antes la denuncia. Le dijeron entonces que iban a llamarlo para declarar, pero nunca le pidieron sus datos. 

La violencia física con maltratos y violaciones correctivas. La violencia estructural mediante normas jurídicas. La violencia simbólica y normalizada, el heterosexismo y la moral religiosa son los lastres que Garrido Álvarez identifica y que aún permiten que la diversidad sea vista como una amenaza y no como lo que es: una oportunidad de mayores libertades para todos.

 
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