La Estación

JUN, 18, 2019 | - Por Andrés Panchano

Andrés Pachano Arias

Pocas, muy pocas edificaciones podrán tener esa suerte de magia cautivadora.

La ‘Estación’ la llamábamos así en el coloquial lenguaje citadino, a aquella hermosa edificación de madera, que derramaba sus encantos albergando un tráfago incesante de actividad. Era la antigüa Estación de Ambato del Ferrocarril, la del actual parque 12 de Noviembre. A partir de su construcción en el siglo pasado, fue uno de los sitios fundamentales de la actividad – en muchos órdenes- de la ciudad. Habrá entonces motivado un cambio sustancial en el uso del suelo urbano y en la labor diaria del ciudadano.

‘La Estación’ es un cálido recuerdo en el rescoldo más afectivo de las añoranzas; fue de cierta manera durante muchos años el motor de la labor comercial del ambateño y sitio de reunión de sus ciudadanos. En sus alrededores y en su interior, su decurrir era intenso, rápido, incesante; cuando arribaba el tren directo o el “autoferro”, los andenes de la Estación se llenaban de gente en un desfilar de cariños, de colores; en esos trances ella era el inmenso y fraterno portón de arribo a la ciudad; la gente se volcaba y ella bullía en los afectos. Cuando el tren partía, también partían las emociones y los andenes se inflamaban de pañuelos agitados, incluso de lágrimas represadas y ella era entonces la puerta a las ausencias. En los momentos de la llegada ululante del tren de carga, ‘La Estación’ bullía en una marea de frenética labor, sus bodegas se abarrotaban y desfilaban las carretas con sus cargas.

‘La Estación’ fue el sitio del telégrafo y también el lugar obligado para las “conferencias” telefónicas utilizando el entonces “óptimo” servicio de “Marconi” para ver y oír a nuestros padres hablar a gritos, encerrados en una cabina de madera con ventanales de doble vidrio, con parientes ausentes en Quito o Guayaquil; este servicio no era siempre el traedor de buenas noticias.

De niños fue de mágica aventura el recorrer los entablados andenes de la vieja estación y de enigmático nerviosismo el sentir el estruendoso resoplo de la locomotora; de otro mundo ver la voracidad de la negra máquina engullendo agua de una colosal manga.

¡Su insondable aura pervive en el recuerdo!

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