La cancha Mera, un ícono ambateño

NOV, 12, 2019 |

ESPACIO. La cancha Mera está ubicada en la calle Mera y Cuenca.

La cancha Mera ha sido el escenario de tantos y celebrados acontecimientos públicos de Ambato, se ubica en un importante lugar, aunque algo descuidado, de la ciudad.

En 1918, los Hermanos Lasallanos habían situado su centro educativo en una casona donada por el jesuita Juan Bautista Palacios. En pocos años ya tenían alumnos en primaria y secundaria. La institución de carácter privado, será uno de los más importantes vértices de la vida urbana.

La donación del Padre Palacios, incluía unos edificios de piedra pishilata y una huerta. Las primeras generaciones de estudiantes recuerdan las peras y claudias que cosechaban durante los recreos.

Su patio no tenía las dimensiones de un estadio, no estaba techado, no disponía de tribuna, ni de iluminación eléctrica; sin embargo, por su ubicación y la vinculación de la entidad con la ciudadanía, independientemente de consideraciones políticas o ideológicas, logró un sitial importante en la vida de la ciudad.

Nunca se podrá aquilatar el aporte a la personalidad de la ciudad, la versatilidad de ese espacio y sus directivos a la genial adaptación a las más variadas circunstancias.

Los hechos y acontecimientos sucedidos en la transición de la ciudad de 50 mil habitantes a la urbe del siglo XXI, que ocurrieron en el sencillo espacio de la cancha Mera, contribuyó de manera definitiva a la formación del talante y a la identidad de los ambateños.

La inauguración

Gobernaba al Ecuador José María Velasco Ibarra, en agosto de 1947 el Gral. Mancheno se había sublevado y trataba de derrocarlo. El país estaba convulsionado y dividido, las tropas antagónicas se encontraron en Ambato, el choque se produjo en las cercanías del Socavón del río Ambato, la batalla en sí, no duro más que un día, pero fue cruenta y feroz, produjo decenas de muertos y heridos entre civiles y militares.

Una pieza de artillería se había emplazado en la loma de los Josefinos en San Antonio, desde donde tenía una excepcional panorámica de la ciudad, el artillero afinó  su puntería sobre un lugar libre y despejado cercano al río, y dirigió un proyectil al terreno descampado que resultó ser el patio del colegio de los Lasallanos.

El estallido provocó un sacudón y tal ruido que aterrorizó  al vecindario, la explosión levantó tanto polvo y humo que un minuto después, apenas se distinguía las sotanas de los religiosos que con los vecinos comentaban y gesticulaban, mientras algunos recogían recuerdos de los   fragmentos del metal aún caliente.

Con ese cañonazo que fue más que una simple salva, quedó estruendosamente inaugurado este auspicioso escenario urbano.

Un refugio en el terremoto

El 5 de agosto de 1949, Ambato fue asolada por un sismo que la destruyó en gran parte.

El terremoto fue a las dos de la tarde y a la noche la población en pánico, no encontraba refugio porque sus dañadas casas, seguían derrumbándose por las réplicas  del sismo.

Al atardecer el portón del colegio Mera se abría a los angustiados vecinos y en el suelo se dibujaban los lotes asignados a los refugiados.

Nadie disponía de carpas y los toldos se alzaban con sábanas y cobijas. La única carpa de lona e iluminada por una lámpara de camisola era la del vecino que trabajaba para la Shell en Mera, donde seguramente los había adquirido.

En el patio apareció una grande y elegante cama de bronce, cubierta con una sábana, que constituía el surrealista refugio de la familia que había alcanzado a rescatar solo la cama de la tembleque casa a la que no se atrevían a volver.

No había servicio eléctrico y en la obscuridad los chiquillos corrían con periódicos encendidos entre los callejones del campamento.

Una noche sonó un disparo, que alertaba que había toque de queda para evitar los saqueos a las casas abandonadas.

Los alimentos llegaban en volquetas y su distribución estaba a cargo de los religiosos, el reparto reveló que las diferencias sociales y los favoritismos existen aún en las  situaciones de mayor calamidad.

En los meses siguientes al terremoto el pequeño patio de   adoquines contiguo a la cancha sirvió para el reparto de la leche Klim, que obligatoriamente debían consumir los estudiantes y que invariablemente sabía a quemado, por arte del portero del colegio que mecía la enorme olla.

El pavimento

Los hermanos cristianos motivados por los éxitos de sus equipos de basquetbol en Quito y Guayaquil, emprendieron con el mejoramiento de sus instalaciones. Durante las vacaciones de 1953, el patio se llena de obreros, camiones, carretillas y acémilas que traen la arena del cercano río.

El primer día del nuevo año escolar, una deslumbrante plancha de concreto recibe a los alumnos, está rodeada de unas hileras de altas gradas, una batería de servicios higiénicos y una boletería hacia la calle.

El patio ostenta el prestigioso hormigón pero ha quitado a los niños el placer de trazar en la tierra endurecida la culebra y la bomba para las bolas de vidrio, cavar los agujeros para ensartar los frejoles y parcelar a cuchillo el territorio.

En una esquina arriba de las gradas asoma  un diminuto quiosco, para las ventas.

En la superficie hormigonada se ha dejado un pequeño recuadro con aserrín, que amortiguará las caídas de los gimnastas.

El congreso eucarístico

En 1954, la ciudad es la sede del Primer Congreso Eucarístico Nacional. Los hermanos cristianos  participarán con todos su contingente, su excelente coro y  con una gigantesca obra conmemorativa, que ha comenzado a elaborarse en el versátil piso de la cancha.

El Hno. Carlos Proaño, corpulento y reconocido artista, ha colocado sobre el pavimento una armazón de madera del tamaño que le permite las dimensiones de la cancha, el artista pega encima unos grades pliegos de papel periódico, con la sotana arremangada y sin zapatos, se desplaza de rodillas con un tarro de pintura y una brocha con la que va aplicando el color.

Sostiene un pequeño retrato del santo Lasallano debidamente reticulado, que le sirve para transportar la pequeña imagen a escala gigante. Dos días después, desarma la obra y la embarca en un camión.

Llegado el gran día del Congreso Eucarístico en el repleto estadio de Bellavista, en el momento culminante de la ceremonia y en lo más alto de las tribunas se eleva lentamente el gigantesco retrato de San Juan Bautista de La Salle.

La solemnidad del oficio impide aplaudir, pero se escucha el murmullo de la multitud, que celebra el trabajo de un solo artista y realizado sobre la terrenal y versátil cancha.

La modernidad

La novena de la Navidad de 1955 se celebraba entre villancicos, pesebres y pristiños. Un día antes de salir a la semana de vacaciones, apareció en la cancha un enorme ciprés, como de 10 metros de alto, lleno de serpentinas y foquitos de colores, se anuncia una novedosa celebración con una asistencia masiva y regalos para todos.

Se está preparando un ¿agasajo?  a plena a luz del día y  previa la contribución de cinco sucres por alumno.

Anteriormente la Navidad tenía un carácter familiar, ambientado con escenas de Belén, reyes magos en camello, ovejas, pastores y abundante musgo.

Ahora la cancha de cemento con el arbolón al medio que simula soportar una gran nevada ártica, promete una novedosa celebración.

Llegada la tarde del ‘agasajo’, entre  los villancicos que suenan en los parlantes se alternan canciones con campanitas cantadas en inglés por Harry Belafonte que habla de trineos y renos conducido por un viejito tan generoso y barbado como los reyes magos de las navidades anteriores.

Concluyó el ‘agasajo’ con la entrega de una bolsa de caramelos y un juguetito ‘made in Japan’ adquirido con la cuota de los alumnos.

Había llegado a Ambato la moderna Navidad del festivo consumismo y realizó su público debut precisamente en  la cancha del pensionado Mera.

Sobre ruedas

Los jóvenes ciclistas de la ciudad encorvados sobre los manubrios retorcidos de las aerodinámicas ‘frejus’, luego de las competencias eran premiados en el parque Montalvo y luego las paseaban en la cancha Mera.

En las carreras de bicicleta los más notables fueron: Alfredo Cobo Patiño, Herman el ‘Ñato’ Lazcano, Miguel Maya, Alfonso Cucalón, los hermanos Santamaría y  el veloz ‘Chico’ Oña, entre otros.

El ciclismo de carreras se complementaba con los torneos de cintas arrancadas desde las bicicletas y los alardes de acrobacia que hacían Luis y Wagner Mantilla en sus pesados aparatos como si se tratara de las modernas y livianas BMX.

En 1955 se corrió la primera vuelta automovilística al Ecuador que la ganó el ‘Loco’ Luis Larrea, la ciudad deliraba con el triunfo y se debía exhibir el bólido a la emocionada población.

Después de lucirse en la plazas y parques, llegó al inevitable escenario de la cancha Mera.

Un domingo antes del mediodía entró a la cancha el impresionante Ford Nº 1 , que se instaló en medio de la cancha. La gente rodeaba la nave, la tocaba y espiaba los intrincados manómetros, podía conversar con el campeón y su mecánico ‘El Negro’ Minda.

Desde que llegó el carro, casi todas las emisoras de radio trasmitían el hecho, mientras se reportaba las donaciones de zapatos, pan, ropa, velas, sodas, cortes de pelo y todo lo imaginable con que los ambateños agasajaban a su campeón.

Al atardecer tronó el motor del legendario coche para regresar a su garaje, después de haber estado en el ineludible podio de la cancha del Mera.

Ole…, ole…

La Fiesta de la Fruta y de las Flores había cobrado fama nacional, la afición taurina de Ambato decidió realizar una feria de importancia y ante la falta de un escenario apropiado, pensaron ¿y por qué no?  la cancha del colegio Mera.

La dificultad cedió ante la inventiva; unas cuantas volquetas de tierra y arena lograron unos 20 centímetros de piso compacto, luego se cavaron unos huecos en el pavimento al pie de los graderíos, en cada agujero se  introdujo un grueso tubo metálico y en el sentido horizontal soldaron otros  gruesos tubos y aunque el aspecto del coso no lucía muy taurino, cumplía con los requerimientos funcionales y se publicitó la feria  al tiempo que el Pregón de las Fiestas del Carnaval.

Los toriles se armaron en plena calle Mera junto al portón, con un corral de madera que ocupaba la mayor parte de la calzada, aunque libraba la acera del frente para los peatones.

La tarde de la primera corrida, una buena concurrencia ocupó las graderías de la sui generis plaza, mientras la banda municipal lanzaba sus emotivos pasodobles.

Sonó el clarín y un gran toro negro entró resueltamente a la arena, el buril fue recibido por templados pases del elegante matador. En el tercio de banderillas, el astado topó uno de los tubos del cerco, zafando la soldadura, que dio lugar a que el monstruo intente fugar por los graderíos, el matador, que en desplante torero se había despojado de sus zapatillas, valientemente corría tras el astado para detenerlo tomándolo por el rabo, mientras resbalaban sus pezuñas en las gradas de cemento.

Cuando el torero trataba de retener la trepada del animal, la banda de músicos y el público huían hacia las aulas de la primaria buscando la salida por la otra calle.

Las corridas fueron suspendidas y nunca se supo del fin de la aventura empresarial, ni de los instrumentos musicales que algunos los municipales perdieron en la trifulca.
 

El boxeo

Antes de que se  hagan evidentes las malas artes de las mafias empresariales del Madison Square Garden en Nueva York el boxeo fue muy popular en todo el mundo y naturalmente en Ambato.

Los sábados por la noche la cancha del Mera se llenaba para ver los combates. Se anunciaban en los sitios más visibles de la ciudad y se ofrecían:  “6 peleas 6” , en   asaltos de 3 x 1 .

Los boxeadores  ambateños más populares eran: Jara Arcos, Aldáz, Abril y el ‘Negro’ León.

Los sábados de los encuentros, desde temprano se armaba el ring con una estructura de madera con aserrín  cubierto con una lona bien templada.  

El cotizado ring-side, al pie del escenario se armaba con las mismas sillas de madera que el colegio usaba en el salón de actos.

La noche de los encuentros, la cancha deslumbra con las poderosas lámparas eléctricas, se huele el linimento y vibra la campanilla en manos de los jueces.

Entre los asaltos se regaba cola pez sobre la lona para que  los púgiles no resbalen y aún no se estilaba el desfile de las bellas modelos que anuncian el siguiente round.

La afición ambateña concurrió a la cancha Mera y disfrutó del box profesional, por tres o cuatro años.

…dos, de tiro libre

El destino natural de la cancha en la tradición basquetera de La Salle de Quito y Guayaquil, que tenían renombre nacional debió seguir esa línea.

El colegio Mera aprovechando las prestaciones de su cancha, logró en poco tiempo un increíble cuadro de basquetbol que rivalizaba con los veteranos equipos de los otros colegios.

Se destacaron los Márquez, Yanez, Flores, Tarquino Pinto, el ‘Gordo’ Váconez, Onofre Luzuriaga y posteriormente el ‘Pollo’ Ponce.

Los reñidos encuentros, a veces producían enfrentamientos físicos entre las barras.

Había una especie de alianza entre el colegio Mera y el colegio femenino Hispano América y del colegio Bolívar con el colegio Ambato.

Sin embargo, las finales se desarrollaban invariablemente frente a los basquetbolistas ‘monos’ de la Quinta Normal de Agricultura Luis A. Martinez, integrada por internos de la costa que, además, de buenos deportistas eran  mayores con dos o tres años, por lo que casi siempre resultaban ganadores.

La magia

Con la instalación de una decena de enormes lámparas eléctricas, el escenario se amplió a los eventos nocturnos. Pronto se anuncia un fabuloso mago, mentalista, hipnotizador, ventrílocuo y poseedor de sinfín de talentos.

Un sábado por la noche la calle Mera, envuelta en los sones de la banda municipal y el humo de las empanadas, se llena del público que ingresa a la cancha.

Adentro las sillas para las mejores localidades, las gradas para el menor precio y el proscenio se ha armado colgando de uno de los aros de básquet, un viejo telón azul con estrellas plateadas.

Comenzó la función con la aparición de un elegante mago que hablaba con un indescifrable acento y su bella  secretaria, que le ayuda a sacar chorros de agua y conejos del sombrero. Aserró en dos a su secretaria en un sarcófago del que ella desapareció, para volver a aparecer completita en el otro extremo de la cancha.

Entre otros prodigios hizo atravesar por el cielo una lluvia de veloces bolas de fuego.

Nunca los hermanos cristianos asomaban las narices en los eventos en la cancha que la alquilaban, pero esa noche un par de ellos fisgonean desde la oscuridad de una aula cercana.

Al día siguiente los estudiantes que asisten a la misa dominical, encuentran unos finos alambres que cruzan por lo alto de la cancha, unas pequeñas motas de algodón chamuscado y unos finos papelitos picados, ponen bajo sospecha la autenticidad de la magia del faquir  y su secretaria.

La picaresca del siglo de oro español

La preocupación de los hermanos cristianos por la literatura, y el buen nivel cultural de parte de los inmigrantes llegados a Ambato, atrajo a una pequeña compañía de comediantes españoles, que poniendo en escena sus habilidades teatrales aventuraba por estas tierras.

La propaganda desplegada, anunciaba la puesta en escena de una de las cumbres de la picaresca de Lope de Vega ‘Fuente Ovejuna’.

Los trashumantes españoles eran solamente tres o cuatro  y el montaje de la obra requería de algunos extras, limitación que fue superada y se hicieron los arreglos para escenificar ‘Quién mató al Comendador’ en el mismísimo escenario de la cancha Mera.

Para la tarde de la función habían levantado en la cancha  una bella escenografía de cartones que representaba la iglesia de ‘Fuente Ovejuna’, el brocal del pozo de agua y  un pedazo de calle con sus casas.

A la hora prevista, en medio de la cancha convertida en plaza, unos señores medioevales, gritando con fuertes  zetas y jotas, introducen y ambientan la obra.

Paulatinamente desde las esquinas del pueblito  de cartón, surge una decena de mujeres vestidas a lo cordobés antiguo con pañoletas y todo, cruzan la plaza  y se acercan meneándose bajo los cántaros de agua que traen al pozo.

El aspecto agraciado de las mozas, llama la atención al público que con gran algarabía reconoció a las vecinas del barrio de la cancha como ‘las españolas’.  El público se distrae un tanto de la obra, llama y chistea a las chicas por sus nombres ante la indiferencia profesional de las actrices.

Los habitantes del villorrio pasean y conversan hasta rodear al Alguacil que pregunta: ¿Quién mato al Comendador? … y el pueblo a viva voz responde: ¡Fuente Ovejuna señor!

Terminada la presentación, se aplaude la actuación de los castellanos, pero mucho más a las vecinas que acaban de inaugurar el escenario, de ahora en adelante apto para  cualquier cosa.

La estafa y la misa maronita

Cuando los jordanos, palestinos, libaneses, sirios y demás naciones árabes recobraron su identidad al desmembrarse el imperio Turco, los árabes católicos mantuvieron su fe dentro de la iglesia maronita cristiana.  Cuando emigraron al Ecuador, trajeron juntos su espíritu comercial y su acendrado catolicismo.

Los paisanos supieron de un sacerdote maronita, que se encontraba en el país y le invitaron a Ambato a oficiar una ceremonia. La cancha de La Salle, fue escogida para el culto y se hicieron los arreglos correspondientes.

Un domingo por la mañana, todo el plantel vestido de gala asiste al oficio, según el rito maronita. La misa es celebrada por el árabe de cara al público, como aún no se estilaba entre los católicos, el oficiante en una casulla verde prestada por el capellán del colegio, cantaba los evangelios no en latín, sino en arameo o alguna exótica lengua con su marcado tono oriental, mientras los píos árabes se embriagaban de misticismo.

Finalizada la ceremonia, el sacerdote maronita y los hermanos cristianos pasaron al desayuno ofrecido por los anfitriones. El sacerdote era huésped de la elegante residencia de alguna de las prósperas familias libanesas.

Al siguiente día, de la mansión habían desaparecido las costosas joyas de la propietaria y también el supuesto  sacerdote, este había huido con el botín y peor aún, se supo que días atrás, el sinvergüenza había estafado de la misma manera a la colonia árabe en Riobamba, pero las víctimas por guardar el prestigio de su cultura y de su religión, tardaron en dar aviso a la ley y cuando esta quiso actuar el estafador se había esfumado.

El carnaval

Durante el carnaval se celebre la Fiesta de la Fruta y las Flores, el festejo más importante la ciudad, la cancha  Mera ha sido decorada con cintas para la posesión de la reina del barrio La Delicia a la que pertenece en colegio.

Terminada el festejo el barrio se prepara para participar en el gran desfile por las calles principales y se harán presentes con un carro alegórico propio, que quiere decir que ha sido financiado por los vecinos.

A la cancha ingresa la plataforma de un camión, con solo su chasis y el motor cargado de tablas, tubos y cartones,  inmediatamente es asaltado por una nube de obreros  al mando de un director que comienzan a soldar. La gente del barrio trae y lleva tablas y ofrece vasos de cola a los trabajadores.

Llega otra plataforma sobre ruedas, para confeccionar el carro alegórico de un colegio de monjas, que también será elaborado en el mismo lugar. La oscuridad de la tarde hace encender las lámparas que cuelgan del cielo, que permite que la labor continúe, la febrilidad en su afán de ayudar estorba la confección de la carroza.

Cuando amanece, los ojerosos obreros continúan con los retoques a las estructuras y contemplan orgullosos su espléndida obra llena de bellas formas y colores.

Luego de un café servido al vuelo por la señoras del barrio, llega apurada la reina del barrio, que entre apurados pasos en sus altos tacones, recoge la larga cola del vestido y se sube a ocupar su lugar en la carroza, la que con una sacudón arranca la marcha haciendo temblar a la reina y su corona.

El carro sale con cuidado por la altura del portón y va a integrar la caravana de carros alegóricos que alegraran el desfile.

El ‘Enmascarado de plata’

La popularidad del box coincidió con el auge del cine mexicano de lucha libre, con el famoso ‘Santo’, el ‘Enmascarado de plata’ y otros que inspiraron una serie de pequeñas bandas de acróbatas colombianos, panameños y algún costeño ecuatoriano, que se ganaban el pan fingiendo matarse en el ring. 

El gran campeón nacional de box, hizo de Ambato su plaza favorita al ser invitado frecuente y pasó de combatiente a empresario y se trasladó a vivir  en Ambato, cuando la popularidad del ‘Catch as can’,  ganaba adeptos sobre el boxeo, el campeón comenzó a dirigir las tropas de luchadores que aparecieron.

El lugar escogido es la cancha Mera, que adecúa el mismo ring de box y su infraestructura. Mientras llega la hora del combate, los luchadores, arman el cuadrilátero, colocan las sillas, atienden la boletería, calientan músculos y se embuten en sus incómodas máscaras.

El público aplaudía las reñidas peleas entre el ‘Médico asesino’ y ‘La Momia’, el ‘Huracán’ Ramírez contra el ‘Cacique sioux’ y cuantos otros actores de impactantes  nombres. ‘El Penado 14’ llegaba y salía casi siempre triunfante acompañado de un somnoliento policía de los que cuidaban la cárcel municipal.

Como suele ocurrir, el romance se entrometió y el ‘Ángel azul’ se fugó con la esposa de uno de los auspiciantes de la empresa y dio al traste con tan prometedor negocio, privándole a la ciudad de continuar con tan emocionante espectáculo.

Las kermeses y los amores

Las madres de familia del colegio, en el afán de lograr fondos para alguna mejora de la capilla, han propuesto realizar una kermesse, que es una feria de platos típicos que son vendidos en quioscos, administrados por las madres de los chicos de cada curso lectivo.

El evento se realizará durante el día, puesto que el festival nocturno se llama’ Verbena nuevamente’ la cancha recibe tablas, cartones, serpentinas y alambres.

Desde muy temprano los carpinteros han levantado los quioscos y al medio día del esperado domingo, se abre las puertas a la multitud de adolescentes que en la sofisticada feria, encontrarán a sus amigos, compañeros y  la esperada presencia de chicas, que opaca el atractivo de los bocadillos expendidos.

Al medio día la cancha adornada por hileras de papel crepé de colores, colgadas como en los mercados populares, se mueven al ritmo de la música que toca la banda municipal.

Las matronas en blancos delantales venden empanadas, sánduches, cebiches y salpicones que son llevados por los clientes a las mesas contiguas o a los más informales graderíos.

Para los adolescentes, lo más importante es aproximarse  al otro sexo, aprovechando la complicidad de sus padres y su concentración en el negocio.

Desde la banda y los parlantes llegan los sones del cha,cha,cha, merengues y pasodobles que animan a las parejas a bailar, los desconocidos se atreven a pedir a las chicas y preguntar: ¿en qué curso estas? o ¿de qué colegio eres?

La cancha Mera cumplía su función al aproximar las  hormonas de los adolescentes de los más variados estratos sociales, que luego se concretarán en aventuras y amores más formales.

Las influencias foraneas

Antes del boom petrolero la sociedad ecuatoriana era sumamente modesta. En el Guayaquil de entonces la clase media no disponía ni de aire acondicionado ni de  los recursos para vacacionar en Salinas y optaban por invernar en Ambato, que tenía excelente clima, bajos costos y con un poco de estrechez se alojaba en  cuartitos, o pequeños departamentos que se alquilaban durante el tórrido invierno costeño.

Las familias guayaquileñas estaban compuestas por niños acompañados de sus madres y abuelas, los jóvenes  generalmente eran buenos deportistas y aficionados a pasar más en la calle que en sus modestos albergues.

A falta de calles planas para jugar pelota, encontraron para su recreación la cancha Mera, que los hermanos cristianos les permitían ocupar. Los ‘monitos’ jugaban especialmente al indor fútbol con pelota de trapo y zapatos de lona.

En Guayaquil estaba de moda al ‘hockey’ sobre patines, una adaptación tropical del ‘hockey’ sobre hielo. Sobre el cemento de la cancha del Colegio, los jóvenes guayacos rodaban velozmente en sus patines, golpeando con la chueca a una pelotita en busca del gol.

Tal sensación produjo este deporte, que durante dos sábados se celebró en la cancha, encuentros entre equipos de Guayaquil.

Como el juego tenía mucho de amateur no prosperó, pero los estudiantes del Mera, organizados en bandos, arreaban con palos de escoba unas pelotitas hacia el gol.

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